
El
Autor. CHRISTOPHER PAOLINI.
Jovencísimo
escritor lanzado a la fama por su primer y único libro, Eragon,
primero de una trilogía fantástica llamada
El
Legado.
Nacido en Valle del Paraíso, un pueblecito de Montana, no fue
escolarizado, pero con 15 años ya se había graduado de Secundaria
y fue entonces cuando escribió esta primera novela.
Nació
en Montana (Estados Unidos) el 17 de noviembre del año 1983, Christopher Paolini
un gran amante de la ciencia ficción y de la fantasía, acabó los
estudios de secundario con 15 años, la misma edad en la que empezó
a escribir ERAGON. Ahora, con 20, reside con su familia en Montana,
donde está trabajando en el siguiente volumen de la trilogía de
El Legado, ELDEST.
Eragon
se está convirtiendo ya en una película que será estrenada en
2005.
Cuando
todavía no llegaba al mostrador de la biblioteca de su pueblo,
devoró 4.000 libros, la mayoría sobre dragones. Y no mucho después,
a los 15 años, escribió “Eragon”, el comienzo de una saga fantástica
que ha vendido más de un millón de ejemplares y que la Fox convertirá
en el próximo éxito cinematográfico mundial. De momento, ya se
ha embolsado medio millón de dólares. El joven “mago” Christopher
Paolini, 20 años y una familia nada convencional, habla en exclusiva
para Magazine.
En
un lugar de Montana, llamado Valle del Paraíso, vivía una vez
un niño que nunca fue al colegio y que aprendió a destilar la
pócima mágica del tiempo. Sólo así fue capaz de leer más de 4.000
libros, volar con sus dragones imaginarios a ratos perdidos y
lanzarse a escribir con i5 años un novelón de 500 páginas que
tituló Eragon.
Ahora, con 20 años, más de un millón de ejemplares vendidos y
una película en ciernes, Christopher Paolini, que así se llama
nuestro héroe, mira hacia atrás con infinita gratitud hacia sus
padres y el convencimiento de haber sido tocado en sueños por
un hada madrina: “Me considero muy afortunado. A veces, tengo
la sensación de estar viviendo una de mis propias fantasías”,
admite desde su casa encantada de Montana. “Pero entonces me toca
limpiar los platos y fregar el suelo, y me doy cuenta de que no,
que sigo siendo el mismo, con un poco más de oficio quizás, pero
con la misma pasión por escribir que cuando empecé Eragon.
El viento aulló durante la noche, arrastrando un perfume que podría
cambiar el mundo...
La leyenda de Eragon, el niño pobre que encuentra un huevo de
dragón en uno de los tenebrosos bosques de Alagaësia, es tan fascinante
casi como la propia historia de Christopher, el chaval que nunca
conoció la disciplina escolar y alimentó su imaginación con las
nubes y los picachos de las Montañas Diente de Oso (Beartooth
Mountains), en las estribaciones de Yellowstone.
La historia real, la historia de Christopher, arranca cuando sus
padres, Kenneth Paolini y Talita Hodgkinson, exploran la geografía
del noroeste americano a la búsqueda de la última frontera. Les
acompaña en su aventura la pequeña Angela, hermana menor en la
vida real y pitonisa accidental del pequeño Eragon, que entonces
comenzaba a gestarse ya en la volátil imaginación del chaval.
Pero no nos adelantemos.
El caso es que Talita, formada como profesora por el método Montessori,
ejerce como algo más que madre y sus hijos empiezan como quien
dice a espabilarse antes de tiempo. Niños precoces, los llaman.
“Mamá nos estimulaba de muchas maneras, y yo recuerdo que comencé
muy pronto a leer”, confiesa Christopher. “Sí, tal vez demasiado
pronto, con tres años o así”, corrige. “Casi puedo oírme diciéndole
a mi madre: ‘Odio leer’. No encontraba ningún sentido a los textos
que leía entonces. Me parecía que no tenía nada que ver con la
realidad, con lo que veían mis ojos”. 
De pronto, un día, cuando Christopher vivía con su familia en
Anchorage (Alaska), visitan una biblioteca pública y cae en sus
manos un libro de detectives... “Aquel momento tuvo algo de prodigioso
y mágico. Todo lo que leía cobraba por fin sentido. Podía ver
las imágenes y los colores, podía oler las cosas y tocarlas. Era
casi como ver una película”.
Llega el momento de escolarizar a los niños, y la madre, Talita,
recorre varios colegios y no le convence ninguno. Se da cuenta
de que sus hijos viajan ya en alfombra voladora; no quiere que
toquen tierra. De un día para otro decide seguir con la escuela
en casa, el homeschooling, algo que entonces –mediados de los
80– se ve como una rareza sólo apta para familias muy religiosas
o demasiado progres.
Los tiempos cambian, claro, y hoy por hoy el homeschooling es
perfectamente legal en los 50 estados. Dos millones de niños lo
practican y las primeras generaciones de estudiantes educados
en casa se gradúan en la universidad, encajan sin mayores problemas
en la sociedad o triunfan escribiendo precozmente libros, como
Christopher Paolini.
“Estudiar en casa me permitió aprender a mi propio ritmo y a explorar
lo que más me atraía”, reconoce el joven autor. “Pero sobre todo
me dio tiempo, mucho tiempo. Tiempo para aburrirme como una ostra,
o para soñar despierto mientras miraba a la ventana, que es como
se me han ocurrido siempre las mejores ideas”.
No fue hasta mucho después, con i7 años, promocionando de colegio
en colegio la incipiente y casera edición de Eragon, cuando Christopher
conoció de cerca lo que se cuece en las escuelas: “Me pareció
que los profesores hacen una gran labor, pero el fallo está en
el sistema. Las escuelas son instituciones, por no decir factorías...
Producen estudiantes en cadena: a todos se les mide por el mismo
rasero. No respetan la individualidad y así, claro, es muy difícil
que perviva la capacidad de asombro de los niños”.
La luz de la Luna proyectaba sobre él una sombra pálida justo
cuando paró delante de la piedra...
La familia Paolini acabó anidando en Paradise Valley, el Valle
del Paraíso, lugar lejanamente emparentado con ese país de ensueño
o de pesadilla, Alagaësia, en el que viven Eragon y la dragona
Saphira, que no saben aún lo que les espera.
Pero volvemos con Christopher, sus primeros años, su pasión desatada
por la lectura, esos más de 4.000 libros que llegó a sacar de
la biblioteca local, y la bibliotecaria Milla Cummins que lo atestigua:
“Aún recuerdo aquel niño que no llegaba al mostrador, con una
pila de libros en las manos que subía más arriba que su cabeza
y pidiendo con aire de entendido: ‘Quiero más libros sobre dragones’”.
Tolkien, Anne McCaffrey, E. R. Eddison, Octavia Butler y tantos
otros le invitaron a sobrevolar sus mundos fantásticos. Leyó mucha
ciencia ficción –Dune, de Frank Herbert, sigue siendo su favorito–
y también novelas de misterio, y de terror, y un puñado de clásicos
como La Eneida, de Virgilio. Su madre le leía de niño a Jane Austen,
y de ahí saltó a Tolstoi.
No todo el mundo, claro, tiene la varita mágica de su abuela,
Sheila, profesora de literatura comparada y correctora de honor
en la plantilla familiar de Eragon.
Cuando llegó el amanecer, el dragón estaba sentado a los pies
de su cama, como un anciano centinela dando la bienvenida al nuevo
día...
Antes de alumbrar su gran obra, desentumeció los dedos con otras
historias fantásticas que morían antes de despegar. Durante meses
se obsesionó con estudiarlo todo sobre el arte de la ficción,
la trama, el estilo, la música de la narración, el embrujo de
los personajes. Con i5 años se creyó por fin listo para dar el
gran salto y urdió una saga medieval en tres entregas, La trilogía
de la Herencia, que al principio visualizó más como un gran largometraje
épico. 
“Como en Paradise Valley no llegaba la televisión, mis padres
reunieron poco a poco una videoteca con más de 4.000 títulos”,
recuerda. “Durante años, sentarse a ver una película todas las
noches fue algo así como un ritual familiar. He crecido no sólo
leyendo muchos libros, sino viendo mucho cine, y dibujando también:
Eragon vino a mí primero como una sucesión de imágenes”.
Con la mente clara. Arrancó escribiendo a mano, pero no
llegó muy lejos: concretamente, a la página 60. Tuvo que tomarle
la medida a un teclado, volver a empezar de cero y echarle semanas
y semanas antes de sentir que aquello remontaba por primera vez
el vuelo. “Escribir puede convertirse en una pasión, pero es sobre
todo un oficio”, palabra de Christopher. “Aprendes sobre la marcha,
vuelves sobre tus pasos, cometes incontables errores... Con el
tiempo me he dado cuenta de que lo más importante es tener la
mente clara y saber qué es lo que vas a contar. Puede resultar
petulante, pero yo no sé lo que es el bloqueo del escritor. Si
tienes clara la trama, no tienes más que seguir adelante”.
Hablemos ahora del padre, Kenneth, a quien Christopher le dedica
el libro por “enseñarme el hombre detrás de la cortina”... “Mi
padre siempre ha estado ahí; decidió trabajar desde casa para
poder ayudar a mi madre y pasar más tiempo con nosotros. Ha sido
siempre el pragmático de la familia, el bastón en el que nos hemos
apoyado mi hermana y yo, y el que supo calibrar las posibilidades
de mi libro”.
Para trabajar con magia, debes tener ciertos poderes innatos,
lo cual es algo muy raro entre la gente hoy en día...
El padre de Christopher tuvo la osadía de crear en i997 una pequeña
editorial dedicada a libros educativos –Paolini International
LLC–, cuando aún no intuía la mina sobre la que estaba edificada
la pequeña casa de Montana. La editorial sobrevivía a duras penas,
y la familia sudaba lo suyo para llegar a fin de mes. En más de
una ocasión, a la hora de la cena, el padre dejó caer la posibilidad
de cambiar definitivamente de horizontes y emigrar a la ciudad.
Pero Christopher siguió con la mirada puesta en las Beartooth
Mountains, y de ahí nació la idea de las afiladas Beor Mountains,
que se elevaban por encima de los i.600 metros. Una visita a Nuevo
México le inspiró el desierto de Hadarac, y después el bosque
de Du Weldenbarden, y la Espina, y Surda, y tantos lugares enigmáticos
de ese país, Alagaësia, que existe ya en el imaginario de millones
de niños y no tan niños.
Componen el rompecabezas de Eragon 93 lugares mágicos, 57 animales
fantásticos y un elenco de i68 personajes, donde se hablan además
tres idiomas autóctonos: el antiguo, el de los enanos y el urdal.
A la hora de buscar inspiración, buceó sobre todo en las mitologías
nórdica, teutónica y de las Islas Británicas, aunque la riqueza
que mejor explotó fue la de su propia inventiva, mano a mano con
su hermana Angela.
¡Ah, Angela! Su cómplice de correrías, su medicina más natural
cuando se encuentra bajo de pilas o le hace falta un empujón...
“Ella también escribe. Acaba de terminar su propia novela fantástica,
Isin. Nos encerramos cada uno en nuestro cuarto, y de cuando en
cuando salimos a ver cómo va el otro, o a pedir consejo cuando
dudamos por dónde tirar. Ella me ayudó mucho con Eragon, sobre
todo con los nombres y con los idiomas. Yo le he devuelto el favor
con un personaje que aparece en la novela y que tiene un punto
muy satírico: Angela, la pitonisa... Me ha gustado tanto que la
pienso sacar en mis dos próximas novelas”.
Los ricos me pagan para que les prepare pociones de amor; yo nunca
he presumido de que funcionen, pero por alguna razón siguen viniendo...
Aquí tenemos finalmente al autor con i7 años, con dos borradores
a sus espaldas y un texto más o menos definitivo que se lo enseña
primero a su madre, que reacciona con asombro y se lo pasa al
padre: “Ken, tienes que echar una ojeada a esto: me ha dejado
perpleja... ¡Lo tenemos que publicar!”.
Madre y agente. Después de las correcciones de rigor, de
la portada diseñada por el propio Christopher y del capote echado
a última hora por un puñado de amigos, la familia Paolini tira
la casa por la ventana y publica en 2002 la historia del niño
que hereda el manto de los legendarios Jinetes de los Dragones
y desafía al tirano rey Galbatorix y a las fuerzas del mal. Acto
seguido, mamá Talita se convierte en singular agente literaria
y contacta con cientos de escuelas y bibliotecas que abren sus
puertas a Eragon y a su leal Saphira. Después llega el novelista
y explica a los niños todo lo que nunca pudieron leer entre líneas
y quisieron preguntar.
La familia decide recorrer medio país haciendo promoción de la
obra y vendiendo uno a uno, mano a mano, hasta i0.000 ejemplares.
Pero el esfuerzo no basta: la empresa se va a pique y el padre
amenaza de nuevo con un precipitado y triste The End a la saga
del hijo precoz.
Entonces aparece pescando por Montana, como caído de una nube,
un tal Ryan Hiaasen, hijastro del novelista Carl Hiaasen. Decide
leer el libro; le entusiasma. Su padre se deja contagiar y envía
una copia al editor Alfred Knopf, que embarca en la aventura a
Random House.
Y aquí empieza la verdadera leyenda de Eragon: más de un millón
de ejemplares vendidos en Estados Unidos, mano a mano con Harry
Potter, y a punto de convertirse en un fenómeno internacional.
La Fox ha comprado los derechos de la película, Peter Buchman
está poniendo el punto final al guión y el filme llegará a las
pantallas de todo el mundo a finales del año 2005.
Dicen que Christopher ha recibido nada menos que medio millón
de dólares y otro suculento anticipo por Eldest, la segunda parte,
en la que trabaja con denuedo. El joven autor prefiere no hablar
de dinero, “ni de religión ni de política”, como le aconseja su
madre.
“Todo lo que puedo decir es que la novela puso por fin la comida
en la mesa de mi familia”, admite. “Si el libro tarda dos meses
más en despegar, habríamos tenido que venderlo todo, irnos de
Montana y buscar cualquier trabajo. Así de cerca estuvimos de
estrellarnos”.
¿La familia? Bien, gracias. Christopher protege a los suyos con
celo. “No quieren salir en las fotos y yo les respeto, aunque
el mérito es tanto suyo como mío”.
¿La película? “Me hace muchísima ilusión, pero no he querido implicarme
demasiado porque para mí Eragon ya ha quedado atrás. De lo que
sí estoy convencido es de que el filme va a llegar en el mejor
momento posible. Los efectos especiales que hoy por hoy se consiguen
gracias a los ordenadores han catapultado el género hasta límites
impensables. No estamos más que en los albores del género de la
fantasía, en el nacimiento de una nueva mitología”.
Le preguntamos si no padecemos sobredosis del bien y del mal,
si el mundo no tiene ya suficiente con el maniqueísmo ramplón
del presidente Bush... “Siempre habrá odios y habrá venganzas.
Son dos instintos muy primarios que han movido a la Humanidad
y que siguen estando muy presentes en nuestros días. Yo tengo
claro que escribo ficción, y la ficción necesita de héroes y de
villanos”.
¿Y después de Eragon? “Pues acabar con Eldest, en el que veremos
madurar al héroe, y donde habrá amor y muchísima acción. Luego
me meteré con la última parte de la trilogía, que me tendrá ocupadísimo
hasta 2007”.
¿Y después de después? “Tengo casi 30 tramas para otras tantas
novelas, no sólo del género fantástico, también de ciencia ficción
y de misterio. Es lo que hago en mi tiempo libre: no lo puedo
evitar. Idear tramas para futuros libros... Cuando me saqué el
graduado escolar por correspondencia, pensé ir a la universidad,
y me habían admitido ya en el Reed College de Oregón. Pero ahora
lo veo cada vez más lejos: quiero seguir escribiendo y necesito
todo el tiempo del mundo”.
Queremos saber por último si no hay vida más allá del Valle del
Paraíso y de su dedicación monacal a la literatura, y nos confiesa
que, bueno, que se divierte bastante menos que cualquier otro
joven de 20 años, que sus días son encierros de nueve horas que
empiezan en el desayuno y terminan a la hora de la cena, en la
mesa familiar, la misma que alimenta todos los días el vuelo de
Eragon.
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