Prólogo de Eragon

Primer libro de El Legado

Prólogo de Eragon titulado: “Sombra de temor”

“El viento bramaba en plena noche transportando un aroma que cambiaría el mundo. Sombra alzó la cabeza y olisqueó el aire. El ser, de elevada estatura y de aspecto humano salvo por el pelo carmesí y los ojos de color granate, parpadeó sorprendido. El mensaje era correcto: estaban allí. ¿O era una trampa? Sopesó las posibilidades y dijo fríamente:

—Dispersaos y ocultaos detrás de los árboles, entre los arbustos. Detened a quienquiera que venga… o morid. Doce úrgalos, que llevaban espadas cortas y escudos de hierro redondos en los que habían pintado símbolos negros, se pusieron en movimiento arrastrando los pies alrededor del humano. Parecían hombres, aunque tenían las piernas arqueadas y los brazos gruesos y brutales, hechos para aplastar, y unos cuernos retorcidos que les salían por encima de las pequeñas orejas. Los monstruos se dirigieron deprisa hacia los arbustos y se escondieron gruñendo. Los crujidos se acallaron al cabo de un instante, y el bosque volvió a sumirse en el silencio.

Sombra miró al otro lado de un tupido árbol y buscó la pista. Estaba demasiado oscuro para la vista de un humano, pero para él la tenue luz de la luna era como si el sol brillara entre los árboles; cada detalle resultaba nítido y claro para su escrutadora mirada. El ser se quedó en absoluto silencio sosteniendo una larga espada muy clara en la mano. Una hendidura del grosor de un alambre fino recorría la hoja del arma, que tenía un filo perfecto para deslizarse entre las costillas y la robustez necesaria para atravesar la armadura más sólida.

Los úrgalos no tenían tan buena vista como Sombra, por lo que buscaban a tientas con sus espadas como pordioseros ciegos. El ululato de un búho desgarró el silencio, y nadie se tranquilizó hasta que el pájaro se alejó volando. Los monstruos se estremecieron en la gélida noche, y uno de ellos aplastó una ramita bajo su pesada bota. Sombra siseó enfadado, y los úrgalos retrocedieron y se quedaron inmóviles.

El ser contuvo el asco que le daban —olían a carne fétida— y se apartó. Sólo eran herramientas, nada más. Sombra reprimió la impaciencia a medida que los minutos se le hacían horas, puesto que el aroma debía de haber sido impulsado por el viento desde lejos precediendo a los que lo esparcían, y no permitió a los úrgalos que se levantaran ni que se dieran calor entre ellos, pero tampoco se concedió a sí mismo esas comodidades. Se quedó detrás del árbol acechando la pista: otra ráfaga de viento llegó a través del bosque, y esta vez el aroma era más fuerte. Entusiasmado, hizo una mueca con los delgados labios y emitió un gruñido.

—Preparaos —murmuró, temblándole todo el cuerpo.
Trazó pequeños círculos con la punta de la espada. Le había costado muchas intrigas y mucho dolor llegar a donde estaba, y no pensaba perder el control precisamente en ese momento.

Los ojos de los úrgalos brillaron bajo las espesas cejas mientras apretaban con fuerza la empuñadura de las espadas. Delante de ellos, Sombra oyó un tintineo como si algo hubiera golpeado una piedra desprendida. Unas manchas, apenas perceptibles, emergieron de la oscuridad y avanzaron por el sendero.

Tres caballos blancos, con sus respectivos jinetes, avanzaban a medio galope hacia la emboscada. Orgullosos, mantenían la cabeza en alto, y el pelaje les brillaba a la luz de la luna como plata líquida.

En el primer caballo iba un elfo de orejas puntiagudas y elegantes cejas arqueadas. Era delgado pero fuerte como un estoque. Llevaba un imponente arco colgado a la espalda, una espada a un lado y un carcaj con flechas, rematadas con plumas de cisne, al otro.

El último jinete tenía el mismo distinguido rostro de rasgos angulosos que el primero. Sostenía una lanza de considerable longitud en la mano derecha y una daga blanca en el cinturón, y se cubría la cabeza con un casco de extraordinaria factura, labrado de ámbar y oro.

Entre ambos, cabalgaba una elfa de cabello negro como el azabache que vigilaba a su alrededor con aplomo. Los penetrantes ojos de la mujer, enmarcados por largos rizos negros, brillaban con una fuerza tremenda, y aunque su atuendo era sencillo, no mermaba su belleza. Llevaba una espada a un lado, un gran arco y un carcaj a la espalda y una bolsa sobreel regazo que vigilaba con insistencia, como si quisiera constatar que seguía allí.

Uno de los elfos dijo algo en voz baja, pero Sombra no alcanzó a oírlo. La dama respondió con evidente autoridad, y sus guardias se intercambiaron de sitio. El que llevaba el casco tomó la delantera y empuñó la lanza para tenerla más presta. Pasaron junto al escondite de Sombra y los primeros úrgalos sin sospecha alguna.

Sombra ya estaba saboreando su victoria cuando el viento cambió de dirección y comenzó a soplar hacia los elfos llevando el hedor de los úrgalos. Los caballos resoplaron asustados y bajaron la cabeza, y los jinetes se pusieron tensos y miraron de un lado a otro echando chispas por los ojos.

Obligaron a sus corceles a dar la vuelta y se alejaron al galope. El caballo de la dama salió disparado y dejó muy atrás a los guardias. Entre tanto los úrgalos abandonaron su escondite, se pusieron de pie y lanzaron un aluvión de flechas negras. Sombra saltó desde detrás del árbol, levantó la mano derecha y gritó:
—¡Garjzla!
Un rayo rojo le brilló en la palma de la mano en dirección a la elfa, iluminó los árboles con una luz sanguinolenta, golpeó al caballo de la dama y consiguió que el animal perdiera el equilibrio y cayera de bruces con un agudo relincho. La elfa saltó del corcel a una velocidad increíble y miró atrás en busca de sus guardias.

Las mortíferas flechas de los úrgalos abatieron a los dos elfos que cayeron de sus nobles cabalgaduras a tierra, cubiertos de sangre. Pero cuando las pestilentes criaturas se abalanzaron para rematarlos, Sombra gritó:
—¡Tras ella! ¡Es a ella a la que quiero!
Los monstruos rezongaron y se precipitaron por el sendero. Un grito escapó de los labios de la elfa al ver a sus compañeros muertos. Dio un paso hacia ellos, pero maldiciendo a sus enemigos se internó en el bosque de un salto.
Mientras los úrgalos corrían con estrépito entre los árboles, Sombra se encaramó a un bloque de granito que sobresalía, desde donde veía el bosque que había alrededor. Entonces levantó una mano y gritó:
—¡Böetq istalri! —Y unos cuatrocientos metros del bosque estallaron en llamas.

Fue quemando con decisión una parte tras otra hasta crear un anillo de fuego de casi tres kilómetros alrededor del lugar de la emboscada. Las llamas parecían una corona turbulenta apoyada sobre el bosque. Sombra, satisfecho, observó con mucha atención el anillo de fuego por si éste decaía. La banda de fuego se hizo más extensa, con lo que se redujo la zona por donde los úrgalos tenían que buscar. De repente, Sombra oyó chillidos y un grito ronco. Entre los árboles, vio a tres de sus soldados caídos uno sobre otro mortalmente heridos, y alcanzó a divisar a la elfa que huía del resto de los úrgalos. La dama corría hacia el escarpado bloque de granito a una velocidad vertiginosa. El ser examinó el terreno que se extendía a unos seis metros por debajo de la roca, dio un salto y aterrizó con agilidad delante de ella. La elfa, cuya espada goteaba sangre negra de úrgalo y manchaba la bolsa que llevaba en la mano, lo esquivó y volvió al sendero.

Los monstruos con cuernos salieron del bosque, rodearon a la mujer y le bloquearon la única ruta de escape. La elfa giró la cabeza tratando de descubrir por dónde podía huir y, al no ver salida alguna, se detuvo con majestuoso desprecio. Sombra se acercó a ella con la mano levantada y se dio el lujo de disfrutar de su impotencia.
—¡Cogedla!
Mientras los úrgalos se abalanzaban, la elfa abrió la bolsa, metió una mano dentro y dejó caer la bolsa al suelo. La mujer sostenía en la mano un gran zafiro que reflejaba la iracunda luz de los fuegos. Elevó la gema pronunciando frenéticas palabras.
—¡Garjzla! —espetó Sombra, desesperado, y lanzó hacia la elfa una llamarada roja, rápida como una flecha, que le surgió de una mano.

Pero era demasiado tarde. Un resplandor de luz esmeralda iluminó de un fogonazo el bosque, y el zafiro desapareció. El fuego rojo golpeó a la elfa, y ésta se desplomó.

Sombra aulló furioso y cargó con su espada contra un árbol. Atravesó la mitad del tronco, y la espada se quedó allí clavada, vibrando. Disparó nueve rayos de energía con la palma de la mano, con los que mató al instante a los úrgalos, arrancó la espada y se acercó a grandes pasos hasta la elfa. De la boca del ser salían profecías de venganza en un maligno idioma que sólo él conocía, mientras miraba fijamente al cielo con los puños apretados. Las frías estrellas le devolvieron la mirada, sin parpadear, como si fueran espectadoras de otro mundo. La repugnancia se dibujó en los labios de Sombra cuando se volvió hacia la inconsciente elfa.

La belleza de la mujer, que habría embelesado a cualquier mortal, no tenía interés alguno para él. Confirmó que el zafiro había desaparecido y fue a buscar su caballo, que estaba escondido entre los árboles. Tras atar a la elfa a la montura, subió al corcel y salió del bosque.

Fue apagando el fuego a su paso, pero dejó que se quemara el resto.

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